[LaCrisi-paguinElsRics] Los 70 a destajo

luisgonzalez en moviments.net luisgonzalez en moviments.net
Jue Mar 19 15:52:32 CET 2009


Subject:
Pepe Ribas
From:
Jose Ribas <jribass en teleline.es>
Date:
Thu, 19 Mar 2009 13:02:48 +0100




    Hola, he ido siguiendo vuestras actividades. Bravo. Ya veis como
    está el patio. Os envió un capitulo de *Los 70 a destajo* para que
    comprobéis el paralelismo entre 1973 y 2009... Usadlo como mejor os
    parezca

    Pepe Ribas


Extracto del libro
*Los 70 a destajo
*
/de José Ribas
/
                                                    Últimos cartuchos 
del movimiento estudiantil 

   El PCE asumió en la universidad española las estrategias que los 
comunistas del PSUC practicaban en Cataluña con cierto éxito. Se trataba 
de apostar rotundamente por los comités de curso en todos los distritos 
universitarios de España para recuperar el control del movimiento 
estudiantil, que se le había escapado de las manos tras la muerte del 
Sindicato Democrático de Estudiantes, las escisiones y la radicalización 
de 1969.
Desde noviembre de 1972 hasta principios de febrero de 1973, la facultad 
conoció uno de los pocos periodos de calma y con clases, a pesar del 
Consejo de Guerra contra ocho trabajadores de la factoría naviera Bazán 
y de los insistentes rumores acerca de una «extravagante» banda política 
que atracaba bancos con metralletas Sten. La policía intervino poco en 
la facultad y los sociales o secretas que teníamos identificados 
desaparecieron. De hecho, no volví a verlos hasta cinco años más tarde. 
Reaparecieron tras la restitución provisional de la Generalitat, a 
finales de 1977, en locales como El Paraigua, el London y la pizzería 
Rivolta de la calle Hospital con bolsitas de heroína que regalaban a los 
camellos, en su mayoría gitanos, que hasta entonces sólo pasaban 
chocolate. Como pude averiguar más tarde, la pionera en este tipo de 
comportamiento había sido la Administración norteamericana que había 
hecho lo mismo en California, a fin de destruir a la Nueva Izquierda. En 
la década de los sesenta, el Departamento de Estado exportaría a Europa 
este método, el más eficaz para dinamitar los focos de radicalismo. Los 
llamados Estados democráticos usaron ésas y otras tácticas para 
modificar conductas y defenderse de la alternativa al sistema 
capitalista que estaba surgiendo, desde una izquierda que desafiaba 
tanto el /Qué hacer/ de Lenin como el capitalismo de las multinacionales.
Recuerdo dos actos masivos en la Facultad de Económicas, donde seguía 
dominando Bandera Roja. Uno de ellos estuvo protagonizado por Alfonso 
Carlos Comín, el líder carismático de Bandera Roja, que tenía una mirada 
como de acero que daba miedo. Habló sobre las maravillas de la 
revolución cultural china. En el otro, los diferentes partidos de 
extrema izquierda intentaron adoctrinarnos con la excusa de presentar 
modelos alternativos al sistema educativo vigente. Manuel Ludevid, 
estudiante y joven promesa de Bandera, afirmó que el Estado invertía al 
año en la enseñanza superior poco más de cuatro mil millones de pesetas 
cuando hacían falta doce mil para solucionar la escasez de profesorado y 
su escasa preparación, así como la falta de medios para las prácticas y 
los laboratorios.
Una estudiante del Movimiento Comunista IV Asamblea, con un deje vasco 
inconfundible, tomó el relevo del líder universitario de Bande­ra. MC 
ocupaba la posición de Bandera en el País Vasco y, a diferencia de ésta, 
impulsaba una organización de masas exclusivamente estudiantil llamada 
ORE. Entre abucheos, gritos y pataleo de los militantes del PCI, 
aprovechó la intervención para cargar contra el PSUC: «Cualquier 
compañero, por el mero hecho de ser miembro de un comité de curso puede 
ser expedientado, detenido, torturado. Sólo a los del PSUC se les puede 
ocurrir hablar de gestión democrática, de elección de delegados y de 
comités refrendados por las asambleas de curso en un Estado fascista. 
¿Vamos a hacer tan sencilla la labor de la policía? ¿Vamos a señalar a 
los compañeros más combativos para vernos privados de ellos?».
Otro compañero, envuelto en una bufanda negra, empezó a gritar: 
«¡Camaradas, los hechos no admiten dilación! Los reformistas del PSUC y 
de Bandera no han aprendido la principal lección de nuestra historia. El 
Frente Popular de 1936 no fue otra cosa que la antesala del fascismo. Es 
imposible unir a capitalistas y obreros. Es imposible el pacto de la 
libertad que defiende Carrillo. La república que promociona Bandera, 
basada en la legalidad del capital, es otro dislate». Por la forma de 
hablar supe que era trotskista. «Sólo la autonomía de los consejos 
obreros y la insurrección armada de las masas trabajadoras pueden 
destruir el capitalismo.» Acabó con una cita de Sartre que me gustó: 
«Quien respeta la legalidad no puede actuar contra el sistema, vive en él».
En resumen: aquellas asambleas estaban salpicadas de exposiciones 
doctrinarias que buscaban imponer uno u otro dogmatismo, el cáncer de la 
época, y provocaban el rechazo de la inmensa mayoría, aunque aquel año 
la voz de los independientes cobró fuerza en todas las facultades. Los 
que no participábamos de aquel mesianismo em-pezamos a conectar a la 
salida de aquellos actos de distrito. En ésas estábamos, cuando, al 
salir de uno de ellos, unos cuantos estudiantes coincidimos junto al 
estanque que hay frente al Palacio Real de la Diagonal. El sol era 
agradable, unos niños jugaban a barquitos mientras nosotros charlábamos 
espontáneamente unos con otros sin saber exactamente quién estudiaba 
qué. Uno de económicas, un tal Fernando, hijo de diplomático, comentó 
que desde que el presidente Nixon había viajado a China, en marzo de 
1972, y se había producido el deshielo con el régimen de Mao, ciertas 
estrategias del PC chino coincidían con las americanas. Y que el 
Gobierno de Pekín repartía fondos a través de su embajada en París a 
militantes prochinos para fomentar escisiones y debilitar al PCE.
También comentaron que, en económicas, los profesores de Bandera movían 
casi todos los hilos y que los estudiantes mantenían un duro 
enfrentamiento contra la autoridad gubernativa por la expulsión de 
profesores como Ruiz Hita. Tras ser expedientado, Ruiz Hita impartía un 
seminario semiclandestino en la facultad a petición de los estudiantes. 
En ese mismo momento, Manuel Sacristán, teórico y pope marxista, volvía 
a dar clases tras el expediente que en 1966 le había impuesto el rector 
Francisco García Valdecasas, por el encierro de delegados e 
intelectuales en el convento de los Capuchinos de Sarriá. Sacristán fue 
el redactor de la declaración de principios del Sindicato Democrático de 
Estudiantes en aquel encierro que movilizó a los medios de comunicación 
internacionales, despertó un amplio movimiento de solidaridad y 
contribuyó a forjar algunos de los líderes revolucionarios que años más 
tarde coparían el poder en Cataluña.
Arquitectura, una escuela tan conflictiva como la nuestra, sobrevivía 
bajo la amenaza de su clausura definitiva desde la dimisión de su 
decano, Leopoldo Gil Nebot. Allí, el PCI, una escisión prochina del 
PC-PSUC que no quería pactos «con revisionistas ni con burgueses 
disfrazados de demócratas» y defendía un «Frente Popular 
Revolucionario», fue el grupo que tomó la iniciativa. Este grupo, junto 
con estudiantes no adscritos a ninguna corriente, pretendía elaborar el 
plan de estudios de aquellas asignaturas cuyos catedráticos fachas e 
ineptos habían sido expulsados por los estudiantes. El caso de Vaquero, 
catedrático que había impartido Dibujo técnico, fue muy popular en todo 
el distrito. Se le relacionaba con ciertos fraudes en la construcción 
del polígono obrero de Bellvitge y de los nuevos pabellones de la 
Universidad Autónoma, que al año de ser inaugurados amenazaban ruina. El 
nuevo decano --un decano comisario-- en solidaridad con ese tal Vaquero, 
cateó a todos los matriculados en su asignatura aplicando la cláusula de 
los estatutos según la cual quienes no acudieran a clase durante tres 
días seguidos sin justificación podían ser suspendidos. El injusto 
castigo provocó la huelga indefinida de mil quinientos estudiantes. Es 
decir, de toda la escuela.
Derecho fue otro caso singular. Los partidos clandestinos perdieron el 
control, los militantes relajaron la disciplina de partido y los alumnos 
afrontamos los hechos de forma independiente a los dogmas marxistas que 
alimentaban a los politizados de las generaciones precedentes. De haber 
evitado las zancadillas autoritarias de ciertos leninistas, la 
transición habría derivado en una democracia más participativa, sin el 
desencanto que se instaló en la sociedad civil tras el referéndum 
constitucional de 1978 y la creciente escisión entre los políticos y la 
realidad.
¿Por qué nadie ha historiado con cierta generosidad lo que ocurrió y 
unos cuantos dinamitaron, entre febrero y marzo de 1973, en la 
Universidad Central de Barcelona y en las de Madrid, Salamanca, 
Santiago, Granada, Valencia...? Sin proponérmelo, fui uno de los 
miembros más activos durante aquellos meses de aprendizaje político, y 
sintonicé con los estudiantes del PSUC menos proclives al autoritarismo 
que imponían los cuadros dirigentes. Los tres o cuatro militantes de 
Bandera de mi facultad, ante la ofensiva del «revisionismo 
pequeñoburgués», optaron por refugiarse en el seminario de Derecho 
Político o en otras facultades.
 
El 10 de febrero de 1973, sábado, dieciocho estudiantes del comité de 
segundo curso de arquitectura fueron detenidos mientras estaban reunidos 
en los jardines del parque del Putxet. «¡Qué tendrá febrero que cada año 
se lía!» Guardo bajo la llave de mi memoria este comentario de Toni 
Miró-Sans, aparentemente intrascendente, instantes antes de que Juan 
Córdoba Roda, el martes 13, empezara su clase de Derecho Penal en el 
aula común de la planta baja. Toni, en cuanto achinaba los ojos sin 
mirar a parte alguna y disparaba una de aquellas frasecitas con voz 
aguda imitando a un cura, era como si lanzara un conjuro profético.
Minutos después, cuando el catedrático explicaba la diferencia entre 
homicidio y asesinato, se abrieron estrepitosamente las puertas y 
entraron los grises gritando como ganaderos y dando golpes de porra a 
diestro y siniestro.
Abrimos los ventanales a la velocidad del rayo y saltamos como pudimos 
los dos metros que nos separaban del césped del jardín. Lo hicimos de 
forma atolondrada y dando gritos histéricos mientras volábamos por los 
aires antes de caer revueltos. Las chicas que llevaban faldas y tacones 
se torcieron inevitablemente los tobillos, eventualidad que aprovechamos 
para abrazarlas en la mole humana que se formó sobre la hierba. La 
escena parecía extraída de una película de los hermanos Marx. Recuerdo 
que Antonio Morral, un estudiante leridano que hablaba graciosamente con 
la /e/, chilló: «Refugiémonos en el Ilerdense, mi colegio mayor». 
Antonio era un chaval alto, hablador y divertido, que también había 
colgado poemas y era amigo de José Solé.
Tras un breve respiro, nos enteramos de que algunos estudiantes de 
arquitectura habían lanzado a través de las ventanas de su bar --en la 
última planta de un edificio de diez-- mesas y sillas contra los jeeps 
de los grises aparcados en la Diagonal. Otros se habían trasladado, 
sorteando el ruido infernal de las sirenas, a los barracones que ocupaba 
la Facultad de Letras y a la de Económicas, las más próximas, en busca 
de ayuda.
A las doce del mediodía, estudiantes de todas las facultades de 
Pedralbes cortamos el tráfico y transformamos la Diagonal en un 
impresionante campo de batalla. Logramos derribar varios caballos de los 
grises con hondas y otros artilugios. La mayoría, entre carreras, 
sentimos gran exaltación al ver rodar a los jinetes de la policía por 
los suelos, lástima que se levantaran tan rápido y sin contusiones 
aparentes. Llegaron las tanquetas con más todoterrenos de refuerzo. Unos 
mil estudiantes nos cobijamos en Ingenieros. El director de la escuela, 
Gabriel Ferraté, se plantó en la puerta con valentía para impedir que 
entrasen los grises. Uno de ellos le atizó un porrazo que lo tumbó. El 
director se levantó sin inmutarse y dijo: «En esta Escuela mando yo y 
ustedes no van a entrar aquí».
De pronto, empezaron a caer pupitres por las ventanas y los grises 
corrieron en estampida entre aplausos que salían de todas partes. Un 
pelotón de estudiantes atravesó la sala donde estaba el reactor nuclear 
para prácticas y se escabulló por la puerta de atrás de la escuela que 
daba a la barriada de las Corts. En las calles de este barrio jugaron al 
gato y al ratón hasta cazar a un gris despistado. Entre varios lo 
desarmaron y se quedó desnudo en un rincón de la calle como un pollo 
desplumado. Durante algún tiempo el uniforme estuvo expuesto en una de 
las plantas de Ingenieros como si se tratara de una obra de arte 
conceptual cedida por el Instituto Alemán.
Más arriba de la Diagonal, los grises iban como locos de un lado a otro 
sin conseguir disolver a grupo alguno. La policía, enfurecida, destrozó 
el bar de Económicas. Los futuros economistas escaparon saltando desde 
la terraza del bar entre un buen lote de golpes de porra. En este 
barullo, Francesc Baltasar, un estudiante de filosofía que llegaría a 
ser alcalde de Sant Feliu de Llobregat, abrió la cabeza a un policía con 
un ladrillo. Y Miró, el técnico en cócteles, lanzó uno de garrafa contra 
una escultura que en la acera de enfrente representaba a los Caídos por 
Dios y por España.
Por fin la Diagonal era nuestra y éramos miles los que estábamos 
dispuestos a acabar con el franquismo. Yo corría de un lado a otro con 
Marga, Rita, José, Antonio, Alfredo, Tomás, Toni... En el mejor momento, 
alguien pasó la consigna: «A las dos en la Plaza Universidad». «¿Por qué 
cambiamos de lugar?» «¿Por qué nos dispersan cuando estamos ganando la 
batalla?» Corrillos y murmullos. Un grupo grande de estudiantes de mi 
facultad, enrabietados, decidimos acercarnos hasta la calle Pelayo en 
autobús. Otros, abatidos y malhumorados, marcharon para casa.
«Las sirenas me excitan más que los /Playboy/ que me venden en un 
quiosco de las Ramblas», gritó un tipo con un /loden/ verde que llevaba 
un pedrusco de una obra cercana en la mano. Y la lanzó contra un furgón 
policial. El tipo acabó detenido. Ni los botes de humo ni los gases 
lacrimógenos ni los arrestos consiguieron amedrentarnos; aquel día se 
impuso la valentía. Mojábamos nuestras bufandas con el agua de las 
fuentes de la calle y nos las enroscábamos en la cabeza para cubrirnos 
la boca como en el Mayo francés. Había que evitar el ahogo de los gases 
lacrimógenos.
«¡Cuerpos represivos, disolución!», gritaban unos. «¡Policía asesina!», 
chillaban otros. «¡Al bote, al bote, fascista el que no bote!», 
coreábamos muchos. Y salíamos zumbando, para que no nos cazaran, hasta 
los almacenes El Águila o cualquier comercio de la calle Pelayo y, tras 
jalearnos unos a otros, volvíamos a la carga. ¡Cuántas palizas 
recibimos! Las chicas de Derecho que vivían en el bar también se sumaron 
a un fervor revolucionario en el que sólo faltó que lanzaran adoquines a 
los capós de los autos policiales.
Aquel día pensé que la situación universitaria había llegado al límite y 
que si se extendía a los obreros del Baix Llobregat, los días del 
franquismo estaban contados. «¡A por ellos!», vociferó el primer 
activista libertario que vi en mis años de universidad.
Recogí del suelo una de sus octavillas llena de viñetas. Llevaba las 
siglas GAC-MIL (Movimiento Ibérico de Liberación). Empezaba con estas 
preguntas: «¿Es que el socialismo ha de naufragar en el estatismo? ¿Es 
que puede concebirse un régimen poscapitalista que no sea el socialismo? 
La respuesta está en la práctica».
Los del MIL defendían la agitación armada y reivindicaban la 
expropiación del dinero que la burguesía robaba desde la revolución 
industrial. «La dictadura no es más que una de las formas que toma el 
capital», sostenía el panfleto que abogaba por la destrucción del 
Estado, de las ideas estalinistas y de los partidos burgueses. Entonces 
no podía ni siquiera en sueños imaginar que el redactor de aquel 
panfleto, Santi Soler Amigó, sería unos de los mejores colaboradores que 
he tenido en mi vida.
Así averigüé quiénes eran los que, semana sí y otra también, estaban 
desplumando bancos y cajas de ahorro para llenar las arcas de 
resistencia de las luchas obreras. Me llamaron la atención las críticas 
que el folleto vertía al partido de la «futura élite del poder», Bandera 
Roja. «Con sólo 240 militantes, el comisario político de Bandera 
controla férreamente, a través de /Sectores/, una parte de Comisiones 
Obreras, e impide el acceso a todo militante o simpatizante que no sea 
obediente con la organización.»
«A una estudiante le han abierto la cabeza», chilló un colega de 
Empresariales. Y otro gritó: «En Madrid han matado a un estudiante. 
Movilización total contra la dictadura fascista. Disolución de cuerpos 
represivos. Gobierno del pueblo y para el pueblo».
Un jeep de la policía quiso embestirnos a toda leche con la puerta 
completamente abierta. En el último segundo dimos un gran brinco y no 
nos arrolló por los pelos.

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